Dismorfia muscular: cuando aumentar la musculatura deja de ser sólo una meta física

El entrenamiento de fuerza, el fisicoculturismo y la búsqueda de una mejor composición corporal forman parte de prácticas deportivas habituales y, por sí mismos, no constituyen un problema psicológico. Muchas personas entrenan con intensidad, cuidan su alimentación y desean aumentar su masa muscular sin que esto interfiera significativamente con su vida.

La dismorfia muscular aparece en un plano diferente. Se caracteriza por una preocupación persistente por la idea de ser demasiado pequeño, delgado o insuficientemente musculoso, incluso cuando objetivamente existe una musculatura normal o muy desarrollada.

La dificultad central no consiste simplemente en querer ganar músculo, sino en el grado en que esa preocupación llega a organizar la autoestima, la conducta y la vida cotidiana.

De la “vigorexia” a la dismorfia muscular

Cuando este fenómeno comenzó a difundirse socialmente en Chile, a comienzos de los años 2000, era frecuente encontrarlo descrito en revistas y otros medios bajo el nombre de “vigorexia”.

Era una época anterior a Instagram, TikTok y a la exposición permanente a imágenes corporales que hoy proporcionan las redes sociales. Los modelos físicos circulaban principalmente a través de revistas, televisión, cine, publicidad y, por supuesto, dentro de la propia cultura de los gimnasios.

El término “vigorexia” se popularizó a partir de la expresión inglesa bigorexia. Big significa “grande”, y el término aludía coloquialmente a personas que, pese a estar muy musculadas, seguían percibiéndose como demasiado pequeñas. En español se produjo una adaptación lingüística hacia “vigorexia”, probablemente por asociación con la palabra vigor.

Sin embargo, desde el punto de vista clínico, el término más preciso es dismorfia muscular.

El concepto había surgido algunos años antes a partir de observaciones realizadas en fisicoculturistas. Inicialmente se habló de “anorexia inversa”: hombres musculosos que, a diferencia de las personas con anorexia nerviosa que pueden percibirse como más grandes de lo que son, se percibían como demasiado pequeños o insuficientemente musculosos.

Posteriormente se consolidó el concepto de dismorfia muscular, actualmente relacionado estrechamente con el trastorno dismórfico corporal.

No todo deseo de aumentar musculatura es patológico

Existe un punto especialmente importante: querer aumentar la masa muscular no equivale a tener dismorfia muscular.

Tampoco permiten hacer el diagnóstico, por sí solos, el entrenamiento frecuente, una alimentación orientada al desarrollo muscular, el uso de suplementos o una preocupación importante por el rendimiento físico.

Muchas de estas conductas pueden formar parte de una práctica deportiva normal.

Lo clínicamente relevante aparece cuando existe una preocupación intensa, persistente y difícil de relativizar, acompañada de malestar significativo o interferencia en otras áreas de la vida.

Entre las manifestaciones que pueden observarse se encuentran:

  • dedicar gran cantidad de tiempo a pensar en la musculatura;
  • experimentar ansiedad o culpa intensa al perder una sesión de entrenamiento;
  • abandonar compromisos sociales, familiares o laborales para poder entrenar;
  • examinar repetidamente el cuerpo en el espejo o, por el contrario, evitar mostrarlo;
  • sentirse persistentemente insuficientemente musculoso pese al desarrollo corporal alcanzado;
  • mantener dietas extremadamente rígidas;
  • asociar excesivamente la autoestima con el tamaño o la definición muscular;
  • recurrir a esteroides anabólicos u otras sustancias para acelerar el desarrollo muscular.

La diferencia fundamental no está, por tanto, en cuánto entrena una persona, sino en la relación psicológica que establece con su cuerpo, su musculatura y el entrenamiento.

Un estudio realizado en Santiago

Hace aproximadamente dos décadas realicé en Santiago un estudio descriptivo sobre dismorfia muscular en hombres que entrenaban con pesas y fisicoculturistas.

Participaron 93 hombres, reclutados voluntariamente en gimnasios y en una competencia de fisicoculturismo. El objetivo era explorar la presencia de preocupación por una musculatura considerada insuficiente y algunas conductas asociadas.

Para ese trabajo utilizamos una definición operacional sencilla: preocupación por sentirse pequeño o poco musculoso, persistencia de esa preocupación pese a que otras personas pudieran considerarla exagerada y presencia de malestar significativo o interferencia en la vida cotidiana.

Doce participantes cumplieron esos criterios.

Sin embargo, con el paso del tiempo, uno de los aspectos que me parece más interesante de ese trabajo no es simplemente esa cifra.

Lo relevante fue comprobar que el deseo de aumentar la musculatura no diferenciaba claramente a quienes presentaban dismorfia muscular del resto de los hombres que entrenaban.

Tampoco bastaban por sí solos comportamientos bastante habituales en ese ambiente, como utilizar suplementos o entrenar con el objetivo de ganar masa muscular.

Las diferencias aparecían con mayor claridad cuando entraban en juego dimensiones psicológicas y funcionales.

Los participantes que cumplían criterios de dismorfia muscular presentaban con mayor frecuencia conductas como evitar mostrar el cuerpo, abandonar actividades placenteras o compromisos para poder entrenar y dedicar considerablemente más tiempo mental a pensar en su musculatura.

También expresaban con mayor intensidad sentimientos de insuficiencia respecto de brazos, pecho o piernas y una mayor tendencia a vincular la seguridad personal con el desarrollo muscular.

Esto permite formular una distinción clínica que sigue siendo fundamental: no es la búsqueda de musculatura la que define el problema, sino el grado de preocupación, rigidez e interferencia que esa búsqueda adquiere.

El trabajo fue presentado en el 61.º Congreso de SONEPSYN y posteriormente publicado como resumen en la Revista Chilena de Neuro-Psiquiatría.

Antes y después de las redes sociales

Mirado desde hoy, aquel estudio tiene además un interés histórico.

Fue realizado en una época en que las redes sociales aún no formaban parte de la vida cotidiana. No existía todavía la exposición continua a cuerpos seleccionados o modificados digitalmente, a rutinas de entrenamiento, comparaciones físicas, transformaciones corporales ni contenidos algorítmicamente dirigidos al usuario.

El ideal muscular masculino, sin embargo, ya estaba presente.

Se transmitía mediante revistas de fisicoculturismo y fitness, publicidad, cine, televisión y modelos culturales de masculinidad asociados a fuerza, tamaño corporal y bajo porcentaje de grasa.

Las redes sociales no crearon la preocupación por la musculatura, pero sí modificaron radicalmente la frecuencia y la intensidad de la exposición a esos ideales, además de introducir una dimensión de comparación permanente con otras personas.

Esto hace especialmente importante mantener una mirada clínica equilibrada. La cultura física, el deporte y el desarrollo muscular no deben patologizarse. El problema aparece cuando el cuerpo deja de ser un aspecto de la identidad y pasa a transformarse en una condición dominante para sentirse suficientemente valioso, seguro o aceptable.

¿Cuándo conviene consultar?

Puede ser útil solicitar una evaluación profesional cuando la preocupación corporal:

  • ocupa una parte importante del día;
  • genera ansiedad o malestar persistente;
  • obliga a organizar excesivamente la vida alrededor del entrenamiento o la alimentación;
  • deteriora relaciones sociales, familiares o laborales;
  • produce una percepción corporal persistentemente negativa;
  • lleva a evitar situaciones en las que el cuerpo pueda ser observado;
  • o conduce al uso riesgoso de esteroides u otras sustancias.

También merece atención cuando una persona ha alcanzado objetivamente un desarrollo muscular considerable, pero mantiene de manera persistente la sensación de seguir siendo pequeña o físicamente insuficiente.

El objetivo de una consulta no consiste necesariamente en disminuir el ejercicio. Para muchas personas el entrenamiento constituye una fuente saludable de bienestar, disciplina, identidad y satisfacción.

Lo importante es poder evaluar qué función psicológica ha adquirido el cuerpo y cuánto espacio ocupa la preocupación por modificarlo.

La frontera entre disciplina deportiva y psicopatología no depende de una cantidad determinada de horas en el gimnasio. Depende, sobre todo, de la libertad que conserva la persona frente a su propio ideal corporal.


Dr. Jaime Correa Domínguez
Médico Psiquiatra – Psicoterapeuta

Referencia del trabajo original

Correa J, Weil K, Fracchia C, Pastén J. Dismorfia muscular en hombres levantadores de pesas y fisicoculturistas en Santiago: un estudio descriptivo. Rev Chil Neuro-Psiquiat. 2006;44(1):64. Resumen presentado en el 61.º Congreso SONEPSYN.

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